Hace aproximadamente un año, quizá más, o quizá menos, viajé durante diez días por toda Italia, desde Milano hasta Capri, pasando por Roma, Pompei, Fiorence, Napoli... pero sin duda, dónde me hubiera gustado quedarme fue en Venice. Si no recuerdo mal, ese fue el segundo día de nuestro viaje. Al llegar, no me cupo duda, Venecia se había quedado con un pedacito de mí.
Como en todos los viajes, el guía te explica los monumentos, los edificios, los detalles e incluso las anécdotas, pero para mí era imposible elevar la vista. La tenía fija. Fija en los canales. Mirando esas calles de agua, descubrí un nuevo color, era el azul de Venecia. Ni rojo tizziano, ni dorado, ni blanco, ni negro... no. Azul, un azul que no se da en ningún otro lugar del mundo.
Me enamoré. Desde entonces vivo enamorado de Venecia... Sus canales, sus carnavales, su artesanía... ¿Quién no ha hecho una máscara de papel llena de color cuando era pequeño? Bueno, allí veía máscaras y máscaras de papel, artesanales, bellísimas... o ¿quién no ha hecho una joya con plastilina? Allí, veía moldear cristal como si fuera tal plastilina, logrando figuras extraordinarias. Repito, me enamoré.
Venecia es una dama que da todo, y a cambio no pide nada. Por eso, en Carnaval me pondré la capa, cubriré mi rostro con una máscara y mi cabeza con un sombrero. Saldré a la calle a celebrar el carnaval sintiéndome un poco más cerca de ella... y diré "Venice, ti amo".
Zerep Legna






